Buscando la etimología de la palabra hogar topé con algunas definiciones que me dejaron meditando sobre el real significado de la misma. Para la RAE, se trata por ejemplo de familia, grupo de personas emparentadas que viven juntas y también centro de ocio en el que se reúnen personas que tienen en común una actividad, una situación personal o una procedencia. Wikipedia, esa mole de dudosa veracidad, aporta que la palabra hogar se usa para designar a un lugar donde un individuo o grupo habita, creando en ellos la sensación de seguridad y calma. En esta sensación se diferencia del concepto de casa, que sencillamente se refiere a la vivienda física. La palabra hogar proviene del lugar donde se encendía el fuego, a cuyo alrededor se reunía la familia para calentarse y alimentarse.
Pienso en la sala de ensayo, centro de ocio y reunión para una de las actividades más legendarias del hombre en sociedad como es la música. Pienso en el fogón como ese sitio para la música donde por costumbre hasta el menos ducho de los ejecutantes se anima a interpretar alguna que otra de esas que sabemos todos. Y pienso en que, por detalle técnico y facilidad de interpretación, existen algunas canciones que se prestan con mayor facilidad al rito del fogón o al intento de imitación en salas por su simpleza melódica (mas no por ello de menor valor musical) y casi siempre vinculadas a la poesía y el ritmo folk.
Me ilumino un instante al calor de ese fogón mientras templo las cuerdas de una guitarra y entono sin orden preciso las letras de un par de discos que tengo a mano. Digo hogar y empiezo por Mi cuarto (1973) de Vivencia, el dúo formado por Héctor Ayala y Eduardo Fazio. Clásicos como Los juguetes y los niños y Natalia y Juan Simón acompañan al tema que da título al disco y que proclama al hogar como refugio del mundo, de los demás y de las heridas que ellos pueden causar. Salgo de la habitación, me asomo a la puerta de casa y veo el cartel de la calle Conesa. Se trata de la pensión en que vivían los famosos Pedro y Pablo (es decir, Miguel Cantilo y Jorge Durietz) junto a mujeres, niños, mascotas y la banda de acompañamiento que incluía a algunos miembros de La Cofradía de la Flor Solar como Kubero Díaz (también autor de los dibujos internos) y Quique Gornatti. Del disco, del año 1972, participan también Néstor Paul, Alex Zucker, Rubén Lezcano y Roque Narvaja. No me decido si cantar Padre Francisco, el Blues del éxodo o Apremios ilegales y termino finalmente decidido por la que realmente conseguirá aprobación general: Catalina Bahía. Lindo disco que cierra con una adaptación del poema de Rimbaud, Alba, convertido en El alba del estío por la pluma de Durietz.
Avanzo por la calle, miro el barrio y pienso que el hogar también es la ciudad. Quedo suspendido aún en Pedro y Pablo y su disco inaugural de 1970 que manifiesta, para que quede bien claro, que Yo vivo en esta ciudad. Se trata de un disco que define muy bien las costumbres de la época y define el contexto histórico del momento. Así, a los clásicos ¿Dónde va la gente cuando llueve?, Marcha de la bronca y Yo vivo en esta ciudad, se le prenden temones como La quimera del confort, Guarda con la rutina o Los perros homicidas
Tal vez me quedan como treinta y siete temas de Sui Géneris, los verdaderos popes del folk rock junto a León, pero el fuego de la leña se apaga, la hora de ensayo culmina y solo puedo atinar a rematar una frase de Vagabundear, de Joan Manuel (Serrat, obvio) que dice así: “(...) donde haya lumbre y vino tengo mi hogar; y para no olvidarme de lo que fui, mi patria y mi guitarra las llevo en mí. Una es fuerte y es fiel, la otra un papel”. Me vuelvo a casa, definición primera del término hogar, pensando que al evocar tanta música, alguno quedará prendido, las sintonizará y seremos más cuando el fogón vuelva a encenderse, el vino endulce los labios, la patria sea un papel garabateado con letras y músicas que una guitarra fuerte entonará. Hasta entonces.